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conozca a Aicha

País: Guinea
Edad: 2
Cirugías: Cuidado de los Ojos

Todas las madrugas, Fatmata carga a su hija Aicha en su espalda y comienza el viaje temprano al mercado local donde vende naranjas. Alrededor de ellas, las cáscaras de frutas descartadas yacían esparcidas en el suelo en marrones apagados y anaranjados. Hebras de tela teñida pasan por sus rostros. Bolsas de arroz ennegrecidas llenas de paja, inclinadas al azar sobre los coches averiados. Es un mundo agitado de color y vida, pero Aicha, de dos añitos de edad, no puede ver nada de eso. Su vista es robada por las cataratas blancas y lechosas de sus ojos. La condición de Aicha se ve empeorada por la burla que le hacen los que la rodean, como las otras mujeres del mercado que llaman bruja a la niña.

Aicha tenía tres meses cuando sus padres empezaron a darse cuenta de que algo estaba mal con su vista. No se movía ni miraba a su alrededor de la misma manera que sus dos hermanos mayores lo hacían a su edad. Cuando empezó a gatear, era obvio que apenas podía ver lo que la rodeaba.

Fatmata y su marido, Mohamed, estaban nerviosos de poner su confianza y la vista de su hija en extraños, pero decidieron llevar a Aicha a un examen ocular de Mercy Ships. Mientras esperaban la cita de Aicha, pasaron por delante de un grupo de pacientes a los que se les estaban extirpando los parches de los ojos después de la cirugía. Mientras Fatmata les veía celebrar su visión restaurada, un trozo de esperanza se agitaba en su interior.

Cuando se reunieron con el equipo de selección, no estaban seguros de si había esperanza para la vista de Aicha. El tener cataratas desde una edad tan temprana puede significar que su visión ha dejado de desarrollarse, lo que la puede cegar permanentemente. Pero, cuando le pusieron una linterna a los ojos de la bebé, toda la tensión se rompió. Una sonrisa grande se extendió por el rostro de Aicha; ella acercó la linterna, sus ojos no abandonaron su rayo de luz.

“Me sorprendió que algo tan pequeño como ver la luz valiera la pena sonreír en su mundo de oscuridad”, dijo la técnica clínica oftálmica Larina Brink. “Sabía que la cirugía iba a salir bien porque ella podía seguir la luz mientras yo la movía. Mi corazón se llenó de alegría al poder ofrecerle una cirugía que le abriría el mundo”.

La mañana después de la cirugía de Aicha, una muchedumbre expectante se reunió en los pabellones del Africa Mercy. Hubo un silencio antes de que los parches de los ojos fueran removidos; una ola de esperanza nerviosa. Aicha – sus pequeñas manos envueltas en pañales parecidos a los guantes de boxeo para evitar que se despegara de los parches de sus ojos – no sabía lo que estaba pasando al principio. Pero cuando el cirujano la puso en el suelo y la animó a empezar a caminar, los ojos de Aicha se abrieron de par en par. Miró a su alrededor, su sonrisa característica lentamente amaneciendo. No podía beber en sus alrededores lo suficientemente rápido.

Aicha, consciente de que tenía un público cautivo, comenzó a ir y venir entre la multitud. Volvió corriendo a las piernas de Fatmata y enterró su cara en ellas, mirando a su madre por primera vez.

“Cuando le quitaron las vendas, vi a mi hija como una mujer por primera vez”, dijo Fatmata. “Vi que todo lo que la gente decía de ella estaba mal. Era como una persona nueva. Estaba bailando y riendo”.

En ese momento el mundo de Aicha estaba creciendo, más grande que nunca, y un mundo de posibilidades crecía a su lado.

Una semana después de su cirugía, Fatmata y Aicha volvieron a vender fruta. Ahora que Aicha puede ver, trata de agarrar todos los objetos de colores que la rodean: la naranja que le dieron; la tapa roja de una botella de agua; los pendientes colgantes de su madre. Hay alegría y emoción en el aire, y Aicha ya no es la receptora de las bromas de los extraños. En cambio, es un milagro pequeño.

“La gente en el mercado dice:’Aicha es una persona nueva ahora; su brujería se ha ido; es increíble'”, dijo Fatmata. “Dicen que es mágico, pero no lo fue. Estaba enferma y ahora está sanad. No tengo palabras para expresar lo feliz que estoy.”

Una vida nueva comienza.

Era un día ordinario cuando Sekouba de diez años notó un bulto chiquito en su boca. Se lo enseñó a su mamá, M’mahawa, y ella pensó que simplemente desaparecería por sí mismo.

Pero no desapareció.

Lo que empezó como un bulto de la medida de un botoncillo en la boca de Sekouba, creció tan grande como una pelota de tenis. Era un tumor peligroso. Pronto su respiración se dificultó y amenazo su vida.